Esta imagen es una ironía, pero también una pregunta: ¿de verdad el vecinalismo cree que, después de casi siete años de gobierno, Colón es una ciudad perfecta?
Una ciudad futurista, con infraestructura impecable, servicios eficientes, planificación urbana y una costanera que parece sacada de una postal internacional. Todo perfecto, moderno, maravilloso.
Eso es lo que el vecinalismo quiere instalar en el imaginario colectivo: una ciudad que presenta en los discursos, la que pretende mostrar como resultado de su gestión y la que espera que los vecinos aceptemos como propia.
Han fabricado un relato que sólo ellos mismos (y sus fanáticos) creen real.
Después de casi siete años:
¿Cuáles son las transformaciones concretas que justifican semejante relato?
¿Qué problemas históricos se resolvieron?
¿Qué mejoras pueden comprobarse en los servicios, las calles, la infraestructura?
¿Qué cambió de manera sustancial en la vida cotidiana de los vecinos?
No alcanza con señalar el río (contaminado), las playas o la belleza natural de Colón porque a eso no lo inventó ninguna gestión: es parte del patrimonio que recibimos. Tampoco alcanza con mostrar proyectos, anunciar obras o presentar como grandes logros aquello que debería formar parte de las responsabilidades básicas de cualquier gobierno municipal.
Los colonenses no vivimos en folletos turísticos, vivimos la realidad. Vemos, comparamos y sabemos distinguir entre lo que se anuncia y lo que efectivamente se hace.
Siete años es tiempo suficiente para mostrar resultados...
Si esta gestión necesita que imaginemos una ciudad futurista para valorar su trabajo, el problema no está en la falta de imaginación sino en la distancia entre el relato y la realidad.
El vecinalismo puede diseñar la Colón que quiera para sus discursos y videos, pero no puede editar la ciudad que recorremos todos los días.
Eso no se mide con propaganda ni redes sociales: se mide con hechos.
