En el mundo corporativo, el CEO (Chief Executive Officer) es el responsable máximo de una empresa. Su origen responde a la necesidad de un líder capaz de coordinar áreas complejas, administrar recursos millonarios y alcanzar resultados verificables. Un CEO es contratado por su experiencia y capacidad; no "gobierna" sino que gestiona. Hace. Y si no cumple, se lo reemplaza por otro sin demasiada pena ni gloria.
La tarea del CEO es clara: debe fijar metas, optimizar procesos y rendir cuentas a los accionistas. No hay espacio para discursos vacíos ni para el "ya lo vamos a hacer": manda la eficiencia.
Por otro lado, un intendente es electo por la ciudadanía por varios motivos (es un "buen tipo" es el más común). Suele dedicarse a los cálculos electorales, a las fotos en redes y a inaugurar obras de impacto ambiental como un contenedor de basura. El CEO, en cambio, planifica con plazos, mide resultados y trabaja bajo la amenaza saludable de ser despedido si no cumple.
Si llevamos esto a la política local, ¿qué conviene más para una ciudad: un intendente o un CEO?
Sería simple: que en la ciudad se contrate un "CEO municipal" por un año, con cláusula de rescisión inmediata. Si la basura sigue en la esquina y los baches crecen como hongos, contrato rescindido, a su casa y gracias por participar. De esta forma, la política dejaría de ser un reino de promesas y pasaría a ser un tablero de gestión real y conciso.
Mientras tanto, seguimos "probando" intendentes, esas personas que se las dan de políticos, especialistas en dominar el arte de transformar la eficiencia en un festival de chamuyo y mentiras, contando con la tarjeta de débito del presupuesto anual municipal.
